En cada época hay un enemigo cómodo.
Hoy, muchas veces, ese enemigo se llama pantalla, algoritmo o inteligencia artificial.
Cuando algo nos desborda —la hiperconectividad, la ansiedad, la soledad, la desinformación— el reflejo inmediato es señalar al dispositivo. Prohibir el teléfono. Cancelar la IA. Expulsar la tecnología del aula.
Pero leyendo a Cristóbal Cobo, la pregunta cambia de tono.
El problema no es la herramienta.
Es el ecosistema.
La tecnología no inventa la desigualdad educativa.
La acelera.
No crea la precariedad laboral.
La automatiza.
No produce la soledad.
La hace visible en una escala que incomoda.
Reducir el debate a “más o menos tecnología” es una simplificación peligrosa. Es un atajo moral. Nos da la ilusión de control: si apagamos el dispositivo, apagamos el problema.
Pero no funciona así.
La IA no reemplaza vínculos por sí sola.
No vacía aulas por sí misma.
No destruye pensamiento crítico automáticamente.
Lo que sí puede hacer es revelar nuestras fragilidades institucionales:
currículos rígidos, evaluaciones obsoletas, tiempos pedagógicos desbordados, comunidades debilitadas.
Ahí está la discusión incómoda.
No es tecnofilia.
No es tecnofobia.
Es responsabilidad.
Desde la perspectiva de Del papel al algoritmo, la cuestión no es defender o atacar la tecnología, sino sostener el criterio en medio de la aceleración.
Porque odiar la tecnología puede convertirse en la nueva tendencia tecnológica:
un gesto performático que circula bien en redes, genera consenso rápido y evita pensar en profundidad.
Pensarla exige más.
Exige discutir políticas públicas, diseño institucional, alfabetizaciones digitales, cultura del cuidado y distribución del tiempo.
Exige aceptar que también los adultos estamos aprendiendo tarde y mal.
La pregunta, entonces, no es si la IA es buena o mala.
La pregunta es:
¿estamos usando la tecnología para fortalecer comunidad o para reemplazarla?
¿estamos diseñando entornos educativos que acompañen la complejidad o buscando soluciones mágicas?
¿estamos formando criterio o delegándolo al algoritmo?
No caer en la trampa simplista es el primer paso.
Porque en la era digital, el verdadero riesgo no es la tecnología.
Es dejar de pensarla.
—
✍️ Fernando Gabriel Gutiérrez
Del papel al algoritmo