Durante años, la Web 2.0 nos prometió algo potente:
que compartir era natural,
que colaborar era el camino,
que el conocimiento crecía cuando circulaba.
En bibliotecas, esa promesa se tradujo en prácticas concretas:
repositorios abiertos, catálogos compartidos, wikis profesionales, redes de cooperación, comunidades de aprendizaje entre pares.
Nada de eso fue una fantasía.
La cultura de la colaboración fue real.
Lo que cambió no fue el deseo de colaborar, sino las condiciones que la hacen posible.
La Web 2.0 se apoyaba en una idea fuerte:
Si compartimos, ganamos todos.
La web algorítmica funciona distinto:
Si no rendís, desaparecés.
Hoy, gran parte de la colaboración ocurre dentro de plataformas privadas que:
priorizan métricas sobre vínculos,
convierten la visibilidad en competencia,
traducen el trabajo colectivo en datos y valor económico.
Fue desplazada hacia los márgenes.
De colaborar a competir por atención
Donde antes había foros y wikis, hoy hay feeds.
Donde había construcción colectiva, hay ranking.
Donde había tiempo compartido, hay urgencia.
Incluso cuando colaboramos:
lo hacemos bajo reglas que no elegimos,
en espacios que no controlamos,
con resultados que otros monetizan.
La colaboración dejó de ser el relato central de Internet
y pasó a ser una práctica frágil.
Compartir saberes hoy tiene costos invisibles:
exposición permanente,
extracción de datos,
agotamiento,
dependencia tecnológica.
La cultura colaborativa fue, en muchos casos, absorbida por el mercado.
No eliminada, sino reutilizada.
Las bibliotecas siguen siendo uno de los pocos espacios donde la colaboración:
no depende del engagement,
no se mide en clics,
no se monetiza automáticamente.
La cooperación interbibliotecaria, el acceso abierto, los repositorios y las comunidades profesionales siguen existiendo.
Pero ya no se sostienen solas.
Hoy la colaboración necesita:
reglas claras,
cuidado institucional,
decisiones políticas.
La Web 2.0 fue una época de entusiasmo. La era algorítmica es una época de cuidado.
Cuidar:
los tiempos colectivos,
los datos compartidos,
las comunidades pequeñas,
los saberes comunes.
Colaborar hoy no es dar todo.
Es elegir dónde, cómo y con quién.
La cultura de la colaboración no murió.
Murió la ilusión de que Internet, por sí sola, iba a protegerla.
Hoy colaborar es un acto consciente,
a veces lento,
a veces incómodo,
siempre político.
Y en este escenario,
las bibliotecas no son un resto del pasado,
sino una de las últimas infraestructuras éticas donde la colaboración todavía importa.