Durante un tiempo creímos que la historia iba en una sola dirección.Más tecnología, más acceso.
Más digitalización, más democracia informacional.
Más plataformas, más libertad.
La biblioteca 2.0 nació en ese clima: optimista, participativa, expansiva.
La biblioteca en tiempos de inteligencia artificial y algoritmos nace, en cambio, en un escenario distinto: concentración, automatización, opacidad y mercado.
La diferencia no es solo técnica.
Es política, económica y cultural.
La biblioteca 2.0 se pensó a sí misma como parte de la web social.
Blogs, wikis, redes, comentarios, etiquetas.
El objetivo era participar, estar presentes, dialogar.
El problema central era:
¿Cómo hacemos para que la biblioteca no quede afuera de Internet?
Hoy el problema es otro:
¿Quién decide qué circula, qué se recomienda y qué queda invisible?
En la era de la IA, la información no solo se publica:
se ordena, se prioriza y se oculta algorítmicamente.
La biblioteca ya no compite con otros sitios web, sino con sistemas automáticos de decisión que definen relevancia sin explicación pública.
En la biblioteca 2.0 el usuario era un actor visible: comentaba, compartía, producía.
Hoy el usuario es, ante todo, un perfil de datos.
No importa solo qué lee, sino:
cuánto tiempo permanece,
qué abandona,
qué repite,
qué patrón encaja mejor en un modelo predictivo.
La promesa de participación fue reemplazada por la lógica del seguimiento.
No somos lectores: somos datasets.
Y esto plantea una pregunta incómoda para las bibliotecas:
¿qué hacemos con los datos de quienes confían en nosotros?
Durante años enseñamos a:
buscar,
evaluar,
citar,
usar fuentes confiables.
Eso sigue siendo necesario, pero ya no alcanza.
Hoy también hay que preguntar:
¿cómo fue entrenado este sistema?
¿qué voces quedaron afuera?
¿qué sesgos reproduce?
¿qué no sabe… aunque responda con seguridad?
La biblioteca deja de enseñar solo cómo buscar información
y empieza a enseñar cuándo desconfiar de una respuesta perfecta.
La biblioteca 2.0 fue hija de un optimismo comprensible:
la tecnología como herramienta neutral.
La biblioteca en tiempos de IA ya no puede sostener esa idea.
Los algoritmos:
privilegian lenguas,
normalizan visiones del mundo,
refuerzan desigualdades existentes.
Aceptar una herramienta sin discutir su lógica es ceder soberanía cultural.
Por eso el bibliotecario deja de ser solo mediador técnico
y se convierte en mediador ético del conocimiento.
La biblioteca 2.0 quería estar en todas partes.
La biblioteca algorítmica necesita, muchas veces, detenerse.
En un ecosistema saturado de contenidos,
la biblioteca no compite por atención:
compite por profundidad, contexto y pausa.
No más ruido.
Más sentido.
La biblioteca 2.0 asumía la gratuidad como principio.
Acceso abierto, cultura libre, compartir como valor.
Hoy ese supuesto se rompió.
El acceso al conocimiento está mediado por:
suscripciones,
paywalls,
modelos freemium,
licencias restrictivas.
Y cuando no se paga con dinero, se paga con:
datos personales,
atención constante,
dependencia de plataformas privadas.
La gratuidad no desapareció:
se volvió opaca.
Este es el punto que cambia todo.
La biblioteca 2.0 asumía que la colaboración venía dada.
Compartir, participar, comentar, enlazar parecía un gesto natural de la web.
La cooperación era el clima de época.
Hoy ese supuesto se quebró.
El ecosistema digital actual está organizado alrededor de:
plataformas cerradas,
modelos extractivos,
automatización sin reciprocidad.
La colaboración no desapareció,
pero dejó de ser estructural.
Ahora exige condiciones:
tiempo,
confianza,
reglas claras,
decisiones conscientes.
Y cuando no hay colaboración explícita, lo que hay es otra cosa:
uso sin devolución,
datos sin consentimiento,
trabajo intelectual sin reconocimiento.
La biblioteca ya no puede dar por sentada la cooperación:
tiene que construirla activamente.
Compartir puede ser automático.
Colaborar implica responsabilidad.
Algo puede circular y no generar comunidad.
Algo puede ser visible y no producir sentido colectivo.
Algo puede ser abierto y, aun así, reproducir asimetrías.
La biblioteca queda, cada vez más, como uno de los pocos espacios donde la colaboración todavía puede ser:
no extractiva,
no instrumental,
no opaca.
Un espacio donde el conocimiento se construye con otros,
no se captura de ellos.
Eso la vuelve incómoda.
Y por eso mismo, imprescindible.
La biblioteca 2.0 creyó que la colaboración estaba garantizada por la tecnología.
La biblioteca en tiempos de inteligencia artificial sabe que hay que defenderla, cuidarla y diseñarla todos los días.
Hoy la biblioteca no solo facilita accesos:
explica cómo se produce el conocimiento.
No solo conecta recursos:
construye vínculos.
En un mundo donde los sistemas aprenden de nosotros sin pedir permiso,
donde las plataformas capturan valor sin devolver comunidad,
la colaboración deja de ser un gesto amable
y vuelve a ser lo que siempre fue:
👉 una decisión política y ética sobre cómo queremos producir conocimiento juntos.
📚 Este texto forma parte de Del Papel al Algoritmo.
Un espacio para pensar las bibliotecas, la educación y la cultura digital
cuando la tecnología ya no es promesa, sino disputa.
Si estas preguntas también te incomodan,
si creés que la colaboración no es un efecto automático sino una decisión,
te invito a leer, compartir y sumarte al blog.
👉 Del Papel al Algoritmo
Pensar juntos sigue siendo una forma de resistencia.