La pregunta suele formularse en términos de eficiencia:
si la inteligencia artificial puede catalogar más rápido, buscar mejor, recomendar con mayor precisión.
Pero hay otra pregunta —más incómoda, más profunda— que empieza a asomar:
¿puede la inteligencia artificial alcanzar el sentido de las bibliotecas?
No su función.
No su infraestructura.
Sino su sentido.
La IA está diseñada para responder.
La biblioteca, en cambio, está diseñada para abrir preguntas.
Una referencia no cierra un tema: lo expande.
Un libro no resuelve: incomoda, desplaza, dialoga con otros.
Las bibliotecas enseñan que el conocimiento no es una línea recta,
sino una constelación.
La IA privilegia la inmediatez.
La biblioteca trabaja con capas: autoría, época, edición, circulación, recepción.
En la biblioteca, nada flota solo.
Todo está anclado a una historia, a una comunidad, a un tiempo.
El sentido no aparece rápido.
Se construye.
Durante siglos, las bibliotecas aprendieron algo clave:
ordenar el mundo nunca fue neutral.
Nombrar, agrupar, jerarquizar implica decisiones culturales, políticas, éticas.
Las bibliotecas no eliminan ese conflicto: lo hacen visible.
La IA todavía cree que clasifica “objetivamente”.
Las bibliotecas saben que eso es una ilusión peligrosa.
La inteligencia artificial predice.
La biblioteca recuerda.
Guarda lo que ya no circula.
Lo que no genera clics.
Lo que quedó fuera del mercado y, sin embargo, sigue diciendo algo.
En un ecosistema obsesionado con lo nuevo,
las bibliotecas enseñan que conservar también es resistir.
La relación no es unilateral.
La IA puede ayudar a las bibliotecas a:
explorar grandes volúmenes de información
detectar patrones invisibles
mejorar accesos
automatizar tareas que quitan tiempo al trabajo humano
Pero solo si la biblioteca no renuncia a su rol de mediación.
Porque cuando la biblioteca se limita a “usar” IA sin pensarla,
pierde precisamente aquello que la define.
¿Podrá la inteligencia artificial alcanzar el sentido de las bibliotecas?
Tal vez no.
Porque el sentido de una biblioteca no está solo en los datos,
sino en la intención que los organiza.
No está en el algoritmo,
sino en la decisión de cuidar, contextualizar y transmitir.
La IA puede simular comprensión.
La biblioteca sostiene significado.
Y en un mundo saturado de respuestas automáticas,
ese gesto —lento, humano, situado— sigue siendo insustituible.
—
✍️ Fernando Gabriel Gutiérrez
Del Papel al Algoritmo