Nací en 1973.
Y si lo pienso bien, mi vida profesional entera es un viaje por todas las grandes tecnologías que nos hicieron dudar, entusiasmar, retroceder y volver a empezar.
Crecí sin internet.
Vi llegar las primeras computadoras a las bibliotecas.
Vi a los estudiantes descubrir Google como si fuera magia.
Fui testigo del salto a los smartphones, de la era de las redes sociales, de la cultura del scroll infinito.
Y en cada uno de esos momentos, siempre pasaba lo mismo:
cuanto más los usábamos, más sabíamos que nos hacía falta salir a respirar.
Desconectar.
Tocar el pasto.
Caminar un poco.
Recordar que había un mundo sin pantalla.
Pero ahora pasa algo distinto.
Con la IA me sucede algo que jamás me pasó con ninguna tecnología anterior:
cuanto más la uso, más quiero usarla.
No siento la urgencia de apagarla, sino la necesidad de encontrar nuevas formas de integrarla al trabajo, a la gestión, a la escritura, a la vida diaria de la biblioteca.
Más que cansancio, me devuelve tiempo.
Más que ruido, me ordena.
Y eso —para alguien que lleva más de 25 años trabajando entre bibliotecas, aulas, papeles y sistemas— es desconcertante.
Mientras tanto, la percepción social va para otro lado.
El miedo avanza más rápido que el uso.
Y acá es donde aparecen los datos.
Porque lo que siento en la biblioteca, en la gestión diaria, en la escritura, no coincide del todo con lo que piensa buena parte de la sociedad.
Según una encuesta del Pew Research Center (2025):
35% de los adultos en Argentina está más preocupado que entusiasmado por la IA.
47% siente una mezcla: preocupación + entusiasmo.
Solo 13% está más entusiasmado que preocupado.
El 6% no responde.
Es decir, 8 de cada 10 argentinos no están plenamente entusiasmados con la IA.
Y Argentina no es la excepción: en ninguno de los 25 países encuestados el entusiasmo supera ampliamente a la preocupación.
A nivel global, la tendencia es parecida:
34% más preocupados
42% equilibrio
16% entusiasmados
Todo parece inclinarse hacia la cautela y el desconocimiento.
Esa brecha entre percepción y realidad siempre marca un punto de inflexión.
Porque cuando la mayoría subestima una tecnología que ya está moldeando todo,
quienes se animan a experimentarla antes quedan una década por delante.
Toda revolución premia al que se mueve mientras los demás se quedan quietos.
Y la IA se mueve diez veces más rápido que las revoluciones anteriores.
Un año de indecisión hoy puede costar diez de atraso mañana.
En nuestro campo —tan ligado a la tradición, la normativa, la paciencia del método—
esta velocidad es vertiginosa.
Pero no es una amenaza:
es una invitación a reinventarnos desde adentro.
Una chance única de no repetir el error de la Web 1.0,
de la Web 2.0,
del móvil,
del repositorio que siempre llega tarde,
de la alfabetización digital que queda congelada en papeles.
La IA no es un accesorio, es un nuevo ambiente cognitivo.
Un cambio de clima.
Una infraestructura de pensamiento.
Y si la biblioteca no entra ahí, alguien más lo va a hacer por ella.
Yo, que nací en 1973,
que viví cada transformación tecnológica desde adentro de una biblioteca,
que sigo creyendo en el valor del papel, los procesos, los metadatos, la comunidad…
Tengo que admitirlo:
la IA es la primera tecnología que no me empuja a desconectarme, sino a profundizar.
Y quizás por eso mismo
es la más desafiante,
la más fascinante,
la más peligrosa —si nos quedamos quietos—
y la más transformadora.
Nos vemos el lunes.
O antes, si el algoritmo quiere.
—Fernando
Diario de un bibliotecario en tiempos de IA