Cuando todo puede circular,
el problema ya no es el acceso.
Es la decisión.
La inteligencia artificial aceleró la escritura, la copia, la publicación y la amplificación. Hoy cualquier texto puede producirse en segundos y circular sin fricción por redes, plataformas y repositorios.
Pero esa facilidad no trajo automáticamente más conocimiento.
Trajo ruido, redundancia y una peligrosa sensación de autoridad sin lectura.
Ahí reaparece —con más fuerza que nunca— el oficio bibliotecario.
El criterio bibliotecario no es nostalgia analógica ni resistencia romántica a la tecnología. Es una práctica profesional: leer dos veces, contextualizar, verificar, frenar. Preguntarse no solo si algo puede circular, sino si debe, cómo y para quién.
En tiempos de IA, el algoritmo no distingue relevancia de conveniencia. Optimiza visibilidad, no sentido. La biblioteca, en cambio, sigue trabajando con preguntas incómodas:
¿Qué aporta este contenido?
¿Qué omite?
¿Qué sesgos arrastra?
¿Qué consecuencias tiene amplificarlo?
Cuando todo puede circular, decir “no” también es una forma de cuidado.
Cuidar a las comunidades lectoras.
Cuidar el tiempo.
Cuidar el conocimiento como bien común.
Tal vez el gesto más radical hoy no sea automatizar más,
sino sostener el criterio como acto ético, pedagógico y político.
Porque en la era de la aceleración permanente,
frenar para pensar
sigue siendo —todavía—
una tarea bibliotecaria.
✍️ Del papel al algoritmo
Fernando Gabriel Gutiérrez