En los últimos meses, cada vez que escribo algo que roza la defensa del rol humano en las bibliotecas —una escena, un gesto, un usuario, un rumor tecnológico— pasa lo mismo: explota.
Likes, comentarios, guardados, reenvíos.
Como si estuviera tocando un punto que todos sienten, pero del que nadie habla demasiado.
Y creo que ya entiendo por qué.
La inteligencia artificial no sólo acelera tareas: desordena sentidos.
Desacomoda certezas que en el mundo de las bibliotecas estaban muy instaladas:
¿qué es saber?, ¿qué es buscar?, ¿qué es guiar?, ¿qué es conversar?
Cuando un bibliotecario o bibliotecaria lee un texto que intenta poner esa incertidumbre en palabras, aparece algo que escasea en estos días: alivio.
Muchos no quieren admitirlo porque suena a debilidad en un contexto hiperproductivista:
la IA genera ansiedad.
Ansiedad profesional, identidad en revisión, competencias que mutan demasiado rápido.
Cuando leen algo que reconoce esa incomodidad, sienten que no están solos en la transición.
La repercusión no es algoritmo: es catarsis colectiva.
En plena época de pantallas, scrolleo infinito, notificaciones y ruido, la biblioteca encarna lo contrario:
lentitud
comunidad
silencio
paciencia
humanidad
espera
No estoy defendiendo edificios.
Estoy defendiendo un modo de estar en el mundo.
Y eso conecta.
Nadie quiere volver al pasado.
Pero tampoco quiere perder lo que hacía valiosas a las bibliotecas: criterio, mediación, acompañamiento, mirada crítica, refugio en el caos informacional.
Cuando una publicación articula esto, sin gritar, sin llorar, sin idealizar, ocurre algo poco común: la gente se siente representada sin sentirse estancada.
Parte de la alfabetización digital —y de la alfabetización algorítmica— es poner en palabras el impacto emocional de la tecnología.
Cada vez que un texto abre ese espacio, se vuelve más que una reflexión: se vuelve una herramienta para pensar.
Y las bibliotecas, por extraño que parezca, están regresando como espacios donde todavía se puede pensar despacio.
Las publicaciones que “defienden” a las bibliotecas repercuten porque no hablan solo de bibliotecas.
Hablan de nosotros.
De nuestras búsquedas, de nuestros miedos, de nuestras preguntas.
De la necesidad de un lugar que no funcione con lógica de scroll, sino con lógica de encuentro.
Un lugar donde lo humano todavía tiene peso.