Para Greta; Thomas, Marina y Elena; Alejandro y Carmen; Fernando (y Eri, también); Natalia, Lucio y Nicolás.
Para Ingrid, Manuel, Roberto, Claudia, Rafael, Lianca y Adriana.
El 1 de enero de 2025 murió Andrea, mi cuñada, hermana de mi esposa, mi tocaya, hermana mía también.
Fue algo inesperado. Mi esposa dice que es como si de repente hubiera desaparecido la Luna: se fue, ya no está, nos quedamos sin ese astro.
He sufrido muchas pérdidas en mi vida, pero ninguna me ha tocado y cambiado tanto como la de Andrea. Las anteriores ocurrieron, o bien en etapas de inmadurez mía, o bien eran un tanto esperadas, o de amigos entrañables, pero a los que llevaba largo tiempo sin ver. La de mi cuñada dio un golpe certero —jamás vivido por mí— en la realidad.
Andrea era una mujer hermosa, pequeña, vital, a la vez discreta y protagonista en nuestras vidas. Pienso en ella como un enigma de dulzura y fuerza, de poder y de fragilidad secreta. Siempre se me figuró una versión adulta de la Esmeralda de Disney, la gitana mora, de amables pupilas bajo dos ojeras oscuras, profundas, como esa flor a la que llaman Ojos de poeta, cuyo pistilo se hunde en un cáliz sin fondo… hasta que, de pronto, empieza a cantar.
Tierna y generosa, aunque imperiosa y dominante, con frecuencia permanecía callada esperando el turno de hacerse presente, y entonces tomaba el mando, a veces, como digo, de forma discreta, y a veces vehemente.
Cuando se fue, con su última pisada dejó una huella tan honda, que en ella caben todos nuestros corazones, sacrificados en ese momento para ella, y ahora, con el tiempo, ofrendados voluntariamente ante su recuerdo.
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Cada día de este año difícil, mi proceso de duelo ha consistido en abrazar, cuanto he podido, el dolor de mi esposa y de mi familia política, y en reflexionar y escribir sobre las sutilezas de tanto sufrimiento. Así, texto tras texto, he ido articulando una forma de pensar y sentir yo mismo mi dolor y de acompañar a mis seres queridos. Además, –siempre cercano a mis lectores del Observatorio, en quienes encuentro un apoyo–, he querido ofrecerles algo aquí, en el entendido de que algunos han sufrido también una pérdida así de especial; incluso he creído poder concebir algunas nociones para una pedagogía sobre la muerte, que les permita -a mis lectores que son también docentes- acercarse a sus estudiantes que atraviesan experiencias semejantes.
Comparto aquí, pues, algunos de esos textos y reflexiones reunidos durante el año.
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Primero, el dolor inaudito, que nadie puede callar ni oír. Después, poco a poco, la certidumbre de que nunca más va a cesar su peso en las tristes comisuras de la boca, su vacío en nuestras huellas diarias.
Las lágrimas muestran su estricta función biológica, sin sentido humano. La mirada, que se expandía a lo lejos, ahora solo sirve para no tropezar con los objetos inmediatos, porque la realidad estorba. La tierra bebe rápido nuestras lágrimas y todo vuelve, igual de vacío.
Sin ti.
Si yo hubiera muerto, si tú hubieras muerto, daría lo mismo. Pero tú moriste… hermana, esposa, madre, hija.
Tras la noticia, el dolor resuena en llamadas telefónicas.
.- ¿Qué pasó?
Todos quieren saber (aunque pocos preguntan, por pudor).
Próximos a la muerte, siempre hay hechos, circunstancias que la acompañan: se llega a ella por una ruta.
.- ¿Cómo fue? ¿Qué pasó?
.- Nada, sólo esa novedad absoluta que llamamos morir.
Ni el cuerpo testifica que ha muerto. Ni siquiera las cenizas comprueban que se ha ido ni delatan su ausencia. La memoria dice que ella permanece, no sabemos en qué lugar: no hay nada que señale el sitio donde ella ya no está.
Articular la frase “Andrea murió” resulta un acto de habla impenetrable, un estado angustioso de ensueño, algo que no pertenece a esta realidad.
Vamos como a medias por un mundo de objetos inacabados, sin una parte, mutilados, como fantasmas en un mundo real, como reales en un mundo espectral. Tratamos de asirnos a algo y solo encontramos aire. No su mano.
Pero lo que falta es su mano, el aliento que, junto con el nuestro, creaba al mundo.
.- No puedo creer que mi hermanita esté ahí -dice mi esposa ante el féretro.
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Las exequias en la Ciudad de México son rápidas y, en dos días, todo ha terminado. El despedir el cuerpo, la prisa por abandonarnos unos a otros a nuestra suerte, sin acompañarnos, como si el dolor fuera algo demasiado personal, algo que rumiar a solas, sin público, solo en familia. No un hecho colectivo.
Lo colectivo es el pronto cumplimiento de las obligaciones, aferrarnos al mundo del logro, de la absoluta separación de lo privado y lo público, del duelo como algo personal, casi púdico.
Privada es la ausencia, la presencia sin voz, la voz sin aire, su imagen sin cuerpo… Y el tacto que se pierde en uno mismo y se tiene que conformar con las propias manos.
Privado el impulso de mi esposa de enviarle whatsapps como siempre; de llamarle todo el tiempo. Privada su pregunta de si ella en algo falló… ¡aunque, en realidad, es como si todo hubiera fallado, como si lo único que hubiera atinado fuera la muerte!
.- No lo puedo creer, todavía no lo puedo creer.
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Vienen a mi cabeza fantasías filosóficas mías de los últimos años, con las cuales he conseguido abrazar angustiosas experiencias mías de infancia, no asociadas con la muerte sino con la inexplicable estructura del mundo. Ahora, el dolor abierto por la muerte de mi cuñada, vuelve a buscar esas herramientas filosóficas para expresarse. Y así, me veo profundizando en una espiritualidad que me ayuda a abrazar el mundo desgarrado al que, otra vez, he quedado expuesto.
Es una mística que acompaña al ser como música: empieza explicando que la incredulidad ante la muerte, el vacío, se remonta a la infancia, a esos primeros momentos en que mi corazón egocéntrico de niño se situaba como autor del mundo; y se abría, poco a poco, a compartir con otros corazones su acto de creación. Como niño, otorgaba a mis padres y hermanos —y después a otros grandes amores— la oportunidad de compartir conmigo esa misión. Extendía el sentido de mi vida —su completud— hacia los demás, encomendándoles su soporte.
Aquel sentido compartido —nutrido con cada nueva relación— se sostenía, en buena medida, en el amor, pero, ahí donde éste faltaba, recurría a formas artificiales de sostener la realidad, significados aprendidos, ideologías a la mano, juegos de entendimiento y de lenguaje, que no excluían disputas para llegar a acuerdos ni acometidas violentas contra quienes sostenían otra verdad.
Hasta que un día llegó la muerte.
Un día llegó la muerte a llevarse uno de aquellos pilares que mantenían en pie mi realidad. Andrea reveló su incapacidad para la imposible misión de sostener mi mundo. La parte de éste que encomendé a sus ojos, ya no era vista. Se fue, me quedé, también, sin ese astro.
Yo había… Muchos habíamos tomado sentido prestado de un ser que, por más que se esforzara y quisiera complacernos, no podría permanecer.
Sin querer, se ha ido. ¿Cómo reclamar a todos nuestros difuntos que no hayan cumplido con ese encargo? Tampoco nosotros podremos cumplir con la encomienda que algunos seres amados nos hacen. No podremos darle sentido a su vida —a nuestros padres e hijos, a nuestras parejas y amigos—; no podremos.
Y tal vez, también, nos lo reprocharán.
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Hoy, de vuelta en mi vida deshebrada, en mi mortalidad, en mi frágil inmortalidad, intento alcanzar el olvido… El olvido, único estatus desde el que puedo seguir andando.
Pero no hay olvido. Lo que queda no es un pasado que olvidar sino un nuevo y recién abierto presente, ese al que mi esposa compara con un accidente cósmico, con la desaparición de la Luna, algo como el arribo súbito de otro universo, la intromisión de una trama ajena en el guion de nuestra película. Yo lo veo como un guion que de pronto he entendido, una película que no podía comprender y que de repente se me muestra clara.
La luz de esta herida me ha aclarado la realidad. Vivía, yo, yendo del pasado al futuro sin ver, y ahora ¡se acabaron las distracciones, las evasiones, los pretextos! La muerte está aquí. “Este es el mundo real, el mundo demasiado real”, dice. Un mundo que —yo, igual que todos— nunca había podido ocultar, ni siquiera al superponerle todos esos ensueños que creábamos juntos.
La impertinencia de preguntar al deudo qué pasó radica en no reconocer que una parte suya viaja ahora ya de la mano del difunto, que ambos habitan ya el no sitio de la muerte, en parte diluido en la vida. “Te has muerto, y me has matado un poco”, dice el poeta Jaime Sabines.
Quien mira desde fuera al deudo intuye el ser fantasmal en que se ha convertido: un ser abierto a una realidad extraña. Esa realidad inaugurada es esta misma, la que todos compartimos, pero ahora despojada de muchos significados, de muchos propósitos que la encubrían; sin esos velos, la realidad, el presente, ha quedado a flor de piel.
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En Carta a un religioso, la filósofa y mística francesa Simone Weil escribió: “La fe no es adhesión a un credo, sino un acto de atención total hacia la realidad”.
Como tantos, he llegado a experimentar este tipo de fe gracias a extraños golpes de unidad, de atenta contemplación, de profunda vivencia. Fuera de ellos, parezco limitarme a las experiencias parciales, ya sean intelectuales, físicas o emocionales, formas fragmentarias de ver.
Hoy, que, junto con mi esposa y mi familia política, he perdido a alguien que sostenía, en buena medida, nuestra realidad; hoy, que lucho por rellenar ese pleno vacío y reconstruir el eje, me doy cuenta de que sólo quitándome a mí mismo de ese centro, y viendo de frente y con entrega la realidad, puedo perder el miedo y dejar a un lado una de las ideas que más me aterrorizan y de las amarguras que más me devastan: la de que esta realidad se desvanece con la muerte de mis seres amados.
No ocurrirá así, ni con su muerte ni con la mía propia. Esta realidad —en la que en luminosos instantes de amor he entrevisto lo bello y lo bueno— permanecerá.
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Termino ya.
Como escritor atento a la educación, me permito la fantasía de anhelar una resignificación de la muerte y apuntar una pedagogía que contenga a quienes atreviesan momentos así; una pedagogía que llamaré devocional por la acepción muy personal que doy a esta palabra: devoción, para mí, es la forma exacta en que cuidamos la llama de una vela, la manera tierna y esperanzadora con que nos inclinamos sobre ella, mirándola y protegiéndola, reconociendo su belleza, su fragilidad y la imperiosa necesidad de que exista. Con esa devoción, digo, es como debemos oír hablar a quien ha perdido a alguien; así, también, a nuestro propio corazón.
La creación de una comunidad devocional ha sido preocupación de grandes filósofos. Karl Jaspers confiaba en un tipo de comunicación humana radical, a la que llamaba existencial, mientras que el sudcoreano Byung-Chul Han piensa, en cambio, en un tipo de comunidad “sin comunicación”, que existe sin tener que acordar ni compartir mensajes ni significados: en ella, la mera presencia atenta de los otros despliega sentido.
Son sólo dos ejemplos distintos. Al final, sea como sea el tipo de comunidad que logremos crear, esperamos que sea una en la que el amor humano diluya toda partida. Todos estamos juntos en este planeta, sobre el cual aún vela la Luna. La mayor injusticia es no tomar eso en cuenta. Corregir el rumbo es una utopía que podemos concretar si miramos atentos, no al futuro, sino a la realidad presente.
Andrea está ya sentada
en su hogar,
el que todos habitamos.
La luz de la eternidad
que entra por la ventana,
nos ciega.
Sólo ella la ve de frente.
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