Nos dijeron que la inteligencia artificial era neutral.
Que los algoritmos no tenĂan patria, ni idioma, ni ideologĂa.
Que la mĂĄquina podĂa representar a la humanidad entera.
Pero un estudio reciente de Harvard acaba de ponerle coordenadas culturales a esa ilusiĂłn.
Compararon los âvaloresâ de GPT con los de personas reales de 65 paĂses.
ÂżEl resultado?
GPT piensa como alguien que vive entre los PaĂses Bajos y Alemania,
mĂĄs cerca de Estados Unidos, Reino Unido o CanadĂĄ,
y muy lejos de EtiopĂa, PakistĂĄn o KirguistĂĄn.
En otras palabras, la inteligencia artificial no piensa universalmente.
Piensa culturalmente.
Y su cultura, por ahora, se parece demasiado a la de Europa occidental.
đ§ Los investigadores la llaman WEIRD:
Western, Educated, Industrialized, Rich, Democratic.
Occidental, educada, industrializada, rica y democrĂĄtica.
Incluso cuando la IA âhablaâ en todos los idiomas,
sueña en uno solo.
Y ese sueño filtra lo que considera normal, lógico, racional o moral.
Cada respuesta del modelo no solo traduce datos:
traduce una visiĂłn del mundo.
Las bibliotecas lo entendieron mucho antes de los algoritmos:
el lenguaje nunca es neutro.
DetrĂĄs de cada palabra hay una historia, una geografĂa, un poder.
Por eso, usar inteligencia artificial sin preguntarnos desde qué cultura piensa,
es como leer el mundo con un solo mapa.
đ En AmĂ©rica Latina, el desafĂo es doble:
no solo aprender a usar la IA,
sino enseñarla a vernos.
Entrenar modelos con nuestras lenguas, nuestros archivos, nuestras preguntas.
Incorporar otras epistemologĂas, otras sensibilidades, otros modos de comprender.
No para competir con Silicon Valley,
sino para ensanchar el territorio de lo humano dentro del algoritmo.
El futuro de la inteligencia artificial no serĂĄ mĂĄs poder,
sino mĂĄs perspectiva.
Y quizĂĄs âuna vez mĂĄsâ
sean las bibliotecas quienes recuerden
que la verdadera inteligencia no estĂĄ en la mĂĄquina,
sino en la diversidad de mundos que todavĂa resisten al olvido.
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