La experiencia de streaming científico impulsada por el CONICET marcó un punto de inflexión en la comunicación pública de la ciencia en Argentina. No solo por su alcance en redes sociales, sino por cómo decidió mostrarse: investigaciones en tiempo real, procesos abiertos, explicaciones pacientes y una invitación explícita a mirar cómo se produce el conocimiento.
En un ecosistema digital dominado por la velocidad, el recorte y la simplificación, esta apuesta fue contracultural. Y, justamente por eso, funcionó.
YouTube y Twitch no fueron utilizadas como vitrinas promocionales ni como fábricas de clips virales. Funcionaron como infraestructura de acceso. El streaming no buscó espectacularizar la ciencia, sino hacerla visible: con tiempos largos, silencios, dudas, discusiones y decisiones metodológicas en pantalla.
El resultado fue claro: cuando se confía en la capacidad del público para seguir procesos complejos, el interés aparece. La audiencia no solo mira resultados; quiere entender.
La innovación no estuvo en la tecnología, sino en el enfoque:
mostrar el proceso antes que el hallazgo,
priorizar la explicación antes que el impacto,
sostener el rigor sin banalizar.
En tiempos donde la ciencia suele ser cuestionada o desfinanciada, esta forma de comunicación construye algo clave: legitimidad social. Cuando la investigación se ve, el ajuste deja de ser abstracto.
Lejos de quedar al margen, la biblioteca universitaria tiene un rol central para potenciar y sostener estas experiencias.
El streaming es potente, pero efímero. La biblioteca puede aportar profundidad:
guías de lectura asociadas a las transmisiones,
glosarios y conceptos clave,
enlaces a artículos, datasets y repositorios institucionales.
No para simplificar, sino para dar continuidad al aprendizaje.
Lo que hoy es “en vivo”, mañana es documento. La biblioteca puede:
preservar transmisiones,
describirlas con metadatos,
integrarlas a repositorios,
convertirlas en fuentes reutilizables para docencia e investigación.
Comunicar ciencia también es construir memoria científica.
Estas experiencias son una oportunidad pedagógica:
para trabajar cómo se produce conocimiento,
para diferenciar evidencia de opinión,
para enseñar a leer ciencia en plataformas digitales.
La biblioteca no solo da acceso: forma lectores críticos de ciencia.
La experiencia del CONICET muestra que innovar no es seguir tendencias, sino elegir formatos coherentes con el contenido. Las bibliotecas pueden ser aliadas estratégicas en el diseño de políticas de comunicación científica: éticas, rigurosas y públicas.
Clasificar, describir, contextualizar, preservar y abrir acceso.
Eso que ocurre en una expedición científica transmitida en vivo es, en otro soporte, trabajo bibliotecario.
El streaming científico no reemplaza a la biblioteca universitaria.
La necesita.
Porque cuando la ciencia se comunica mejor, requiere más mediación, no menos.
Y en ese cruce entre redes sociales, conocimiento y bien público, la biblioteca universitaria tiene mucho para aportar.
¿Qué pasaría si las bibliotecas universitarias se integraran activamente a las estrategias de comunicación científica en redes?
¿Y si, además de custodiar conocimiento, acompañaran su circulación pública?
Si estas preguntas te interpelan, en Del Papel al Algoritmo seguimos pensando la comunicación de la ciencia, las bibliotecas y la cultura digital sin apuro, pero con profundidad.
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