Tecnológico de Monterrey - Instituto para el Futuro de la Educación
·
Nov 27, 2025

Opinión | Todos somos Frankenstein (unirnos y reeducarnos)

La amistad es radical. Es un amor intenso, compartido, hacia algo en común. Eso común no es cualquier cosa: se ama todo lo humano.


A Cristina Múgica

Elegía, de Miguel Hernández, es uno de los grandes poemas del idioma español. Fue escrito en duelo por la muerte de un amigo y comienza con la siguiente dedicatoria: “En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería”. Algunas ediciones ponen “… a quien tanto quería”, pero es un error. Esto me lo hizo ver, hace muchos años, mi amiga Claudia García Silva, al decirme que la intención del poeta era mostrar que lo esencial de aquella amistad no era que él quisiera a Ramón, sino que ambos amaban, juntos, muchas cosas: “… con quien tanto (tantas cosas) quería”.

Con esta idea, paso ahora —quizás de forma precipitada— a intentar una primera descripción de lo que es la amistad.

La amistad es un amor intenso, compartido, hacia algo en común.

Eso común no es cualquier cosa, sino algo preciso: en la amistad se ama, juntos, lo humano, todo lo humano, lo humano en específico.

Me explico. A diferencia del amor de pareja, que ama lo espiritual y divino que hay en el otro, y a diferencia de las relaciones de complicidad, que apuntan a aspectos más “animales” (como el éxito, la conquista, la expresión de fuerza, el hacerse del poder e incluso el tener la razón, elementos, todos, asociados con la subsistencia), a diferencia de ellos, digo, la amistad apunta a lo humano que hay en nosotros y en el otro. Pero una vez más, ¿qué es esto?

Si usted, querido lector, ya vio la hermosa versión de Frankenstein, de Guillermo del Toro, podrá identificar mejor lo siguiente: que el ser humano es, en primera instancia, el resultado de un atrevido experimento. Éste consiste en tomar algo que está unido y dividirlo en partes, para estudiarlas, conocerlas, comprenderlas y volver a ensamblarlas, en espera de que, otra vez juntas, adopten una perfecta armonía; fragmentos de cuerpo que, por sí mismos, no serían sino materia orgánica tendiente a la descomposición, pero que,  unidos e insuflados de un nuevo aliento, de una nueva forma de luz, superarán esa degradación y renacerán.

Eso, al menos, es lo que espera el investigador, deseoso de alcanzar, con el nuevo ser, una muy personal victoria.

Sin embargo, el resultado es por completo distinto. Frente a la ambición de desentrañar el origen de la vida humana, de apropiarse de ese conocimiento y replicarlo, e incluso superarlo (“Conocer lo humano como si él mismo lo hubiera creado”, habría dicho María Zambrano), el producto de su investigación resulta un fracaso. Lo que está ahora, ahí, frente a él, es un ser torpe y maltrecho, indefenso y necesitado. Apenas un embrión, un feto, algo no por completo desarrollado, que imita mal a su creador y no hace, sino repetir de forma mecánica el nombre de éste. Nada aprende, no produce él mismo nada nuevo. Es una maquinaria descompuesta.

Lo que la criatura del Dr. Frankenstein enfrenta desde su “nacimiento”, con su estructura  hecha de pedazos, nosotros lo vivimos también, día a día –y quizás desde el momento en que llegamos al mundo– con nuestra mente, nuestro cuerpo y nuestro corazón (por llamarle así al dispositivo emocional), los cuales, aun siendo una unidad, parecen separados y tener cometidos distintos, como si fueran seres opuestos (con frecuencia, hasta enemigos) trágicamente destinados a viajar juntos, a estar unidos siempre. O –por plantearlo de forma optimista– como pasajeros de barcos distintos que llegaran al mismo puerto y debieran encontrarse unos a otros, sin conocerse y sin tener muchas pistas, salvo un borroso retrato, un vago recuerdo.

La ciencia dice que venimos por completo inermes, indefensos, desprovistos de los recursos para subsistir por nosotros mismos. Yo creo que el problema es aún mayor, que llegamos no solo sin los medios sino con una franca desventaja, una especie de falla en lo que sí tenemos, como mal creados, mal ensamblados, hechos todavía pedazos como el  monstruo de la peli (seres dolidos y dolorosos que sufren por la ingenuidad de querer construirse a sí mismos, decidir quién ser, autodeterminarse).

Etimológicamente, la palabra que describe este tipo de condición es fracaso. Proviene del latín y significa, literalmente, recibir un golpe por la mitad y quedar hecho pedazos. Somos, como el monstruo de Frankenstein, criaturas fracasadas. Nacemos derrotados, golpeados, caídos (como jarrones), resquebrajados. A partir de ahí, los seres humanos nos echamos a andar, sobreponiéndonos a todo tipo de contradicciones y paradojas con ayuda de otros, esos otros de los que ya hemos hablado: en un extremo, Dios (y todos nuestros lazos sagrados); en el otro, la manada cómplice, y en medio, nuestros amigos, que aman junto con nosotros lo humano, empezando por nuestro fracaso.

En un mundo de desorientación total, los amigos son nuestros pares. Amamos juntos, aprendemos juntos. Nacidos como fruto de una desmedida ambición, solo al reconocer nuestra fragilidad empezamos de verdad a vivir, y ese reconocimiento  proviene del reflejo amoroso, y por lo general gozoso, que nos dan nuestros amigos, únicos seres que de verdad celebran y nos ayudan a sacar fuerza de la debilidad.

Bien sabe ese pequeño japonés que todos llevamos dentro, que el mejor y más bello jarrón es el que ha sido reparado. Así lo enseña el arte del Kintsugi, que toma una pieza de cerámica rota y une sus pedazos con ensambles que dejan una cicatriz visible, una huella de oro.

Como el Kintsugi, la amistad no se apresura a reparar nuestro fracaso: empieza por abrazarlo, por honrar nuestra historia, incluyendo ese golpe recibido al nacer. Nuestras amigas y amigos saben que no pueden restaurar nada si no se convierten ellos mismos en el ser destruido, si no se reconocen antes, y plenamente, en ese dolor. Intuyo que el verdadero maestro de Kintsugi aprende a vivir primero con el objeto roto, se familiariza con él, se ve a sí mismo en él, reconoce en sus fisuras las suyas propias, en sus bordes estropeados sus propios deterioros, y así, llega el momento en que se convierte en él, en cada una de sus piezas. El objeto se vuelve también maestro y ambos conviven, hasta que, por fin, comienzan a repararse uno a otro, juntos: a ser amigos. Wikipedia dice, bellamente, que con el Kintsugi “la pieza  vuelve a la vida”. Yo añadiría que lo hacen ambos.

La amistad nunca ha estado ahí para reconocer logros, ni momentos de éxito, ni triunfos. Una cosa así la convertiría en un sentimiento fácil, fatuo, por completo insuficiente para crear el vínculo que es. La amistad es algo más crucial, más radical. De hecho, si somos honestos, admitiremos que es todo lo contrario, que –así como Hans-Georg Gadamer, el gran pensador, afirma que la filosofía es el arte de estar equivocado– nosotros podemos decir que la amistad –aun con su signo universalmente positivo– es el arte de abrazar el fracaso humano.

“La derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece”, decía Jorge Luis Borges.

En vez de motivarnos a levantarnos después de caer –como hacen los libros de autoayuda–,  nuestras amigas y amigos se tienden a nuestro lado a entristecerse con nosotros, a llorar nuestro llanto, a amar juntos el hecho de que haya algo con lo que ninguno de los dos podemos.

Creo que eso que llamamos nuestra libertad, y que tanto valoramos (huella humana distintiva, por cierto, de la criatura maravillosa que el doctor Frankenstein nos regaló), creo que la libertad no es, sino amistad, es decir, capacidad de reconstruirnos juntos, de armarnos unos a otros –y con otros– de manera distinta a como un arranque de soberbia autoconstructiva nos destinó a hacerlo; de ser maestros mutuos en el terreno humano y reeducarnos.

P.D.
A manera de posdata, quiero hacer a mis lectores una confesión (que no deja de ser un tanto obvia): que –como el escritor que, día a día, me planteo ser– mi mayor ilusión, más aún, mi íntima esperanza, es entablar con ustedes justo una relación de amistad. Con esto en mente (y en cuerpo y corazón), intento mostrar mi debilidad en cada letra y compartir con ustedes el amor hacia aquello a lo que me siento unido. Si alguna vez lo logro, quedaría de nuevo demostrada la primera ley de la amistad: que ésta no tiene límites, que va más allá del tiempo y la distancia, y que une a todos los que quieren reconstruir juntos sus fragmentos y amar lo humano.

Finalmente, les dejo aquí este minipoema que escribí hace años, como pacto de esperanza.

La vida está hecha pedazos a mis pies.
Por todos ellos puedo entrar
como a la mar por cada puerto.


¿Te gustó esta publicación? ¿Te gustaría publicarla en un sitio web, revista, blog o repositorio? Todos nuestros contenidos son de acceso abierto. Para dudas sobre cómo reutilizar éste y otros contenidos del Observatorio, contacta a nuestra editora en jefe: karinafuerte@tec.mx

The post Opinión | Todos somos Frankenstein (unirnos y reeducarnos) appeared first on Observatorio / Instituto para el Futuro de la Educación.