Cuando pensamos en inteligencia artificial, solemos quedarnos atrapados en la misma pregunta:
¿Qué tareas va a reemplazar?
Pero el dossier Workforce Intelligence (MIT Sloan School of Management, 2025) propone un giro imprescindible:
no mirar lo que la IA hace, sino mirar lo que no puede hacer —y por lo tanto, lo que los humanos hacemos mejor.
Ese cambio de perspectiva es fundamental para entender el futuro de las bibliotecas.
Los investigadores Isabella Loaiza y Roberto Rigobon analizaron 19.000 tareas laborales y encontraron que los trabajos más resilientes —los que menos riesgo tienen de ser automatizados— comparten cinco capacidades humanas que la IA no puede replicar.
Ese conjunto lo llamaron EPOCH:
Empatía y emocionalidad
Presencia, networking y conexión social
Opinión, juicio y ética
Creatividad e imaginación
Hope (esperanza), visión y liderazgo
Si uno lo mira desde la lente bibliotecaria, es casi un mapa de lo que las bibliotecas vienen haciendo desde siempre.
“AI may detect emotions, but humans create meaningful connection”
(MIT Sloan, 2025).
Un bibliotecario no procesa lenguaje. Escucha silencios, tonos, miradas.
Acompaña. Calma. Contiene.
La IA puede responder, pero no puede estar.
La investigación lo afirma con claridad: la presencia física es irremplazable en trabajos que requieren colaboración, innovación y confianza.
Las bibliotecas son eso:
mesas compartidas, clubes de lectura, charlas, encuentros.
La IA opera en solitario.
La biblioteca genera comunidad.
El estudio dice que la IA “carece de accountability y responsabilidad”.
No sabe qué es “lo correcto”. Solo calcula patrones.
La biblioteca trabaja desde el criterio, la verificación, la ética de la información.
Enseña a desconfiar, a evaluar fuentes, a contextualizar.
Funciona donde el algoritmo se desorienta.
“Creativity and the visualization of possibilities beyond reality remain uniquely human.”
(MIT Sloan, 2025)
Una exposición, una visita guiada, un libro hallado por azar, una charla espontánea:
ninguna proviene de un modelo generativo.
Provienen del encuentro humano que vuelve significativo a lo que, de otro modo, sería solo información.
En el estudio se afirma algo hermoso:
las capacidades relacionadas con “hope” son las que más correlacionan con crecimiento del empleo en tiempos de IA.
Porque la esperanza no surge de datos.
Surge de principios, de convicciones, de lo que “debe” hacerse aunque los números digan otra cosa.
Las bibliotecas populares nacieron así.
Los movimientos de derechos surgieron así.
La IA proyecta tendencias.
Las bibliotecas proyectan futuros.
Otro artículo del dossier (Don’t Expect Juniors to Teach Senior Professionals to Use Generative AI, MIT Sloan, 2024) alerta sobre un error frecuente:
pensar que los profesionales jóvenes pueden liderar solos la adopción de IA.
Saben usarla, pero no saben integrarla institucionalmente.
Es el liderazgo —no el entusiasmo— el que marca la diferencia.
Y las bibliotecas necesitan políticas, criterios, protocolos, no solo “alguien que maneje la compu”.
A partir del marco EPOCH, la respuesta es clara:
crear comunidad,
sostener vínculos,
enseñar juicio crítico,
generar experiencias significativas,
liderar con visión,
acompañar procesos humanos,
imaginar futuros posibles.
La IA acelera.
La biblioteca orienta.
La IA responde.
La biblioteca interpreta.
La IA ordena información.
La biblioteca sostiene humanidad.
El MIT Sloan lo dice así:
“Si buscamos innovación real, los humanos tienen un rol enorme que jugar.”
Para las bibliotecas, esta frase no es solo un diagnóstico.
Es una invitación a ocupar ese rol con más fuerza que nunca.
Porque en un mundo saturado de respuestas automáticas,
lo más valioso vuelve a ser lo humano.