Hoy pasó algo mínimo, casi insignificante, pero se me quedó pegado todo el día.
Entró una estudiante nueva. Miró alrededor, respiró ese olor a papel y humedad tranquila que las bibliotecas sabemos producir, y me preguntó con una mezcla de curiosidad y disculpa:
—¿Acá también se usa inteligencia artificial?
No supe si reírme, abrazarla o invitarla a sentarse. Le dije que sí, que claro, que usamos IA… pero que la biblioteca no funciona como la IA. Que acá todavía hay lugar para equivocarse, demorarse, repensar, cambiar de idea. Para leer sin que nadie te prediga el final.
El doble movimiento: usuarios que llegan saturados y catálogos que quieren adivinarlo todo
Cada día veo más este contraste:
Personas exhaustas del scroll infinito, buscando un rincón donde el mundo deje de pedirles atención.
Sistemas que nos ofrecen “recomendaciones inteligentes”, “búsquedas avanzadas”, “metadatos predictivos”, como si la biblioteca fuera otra red social que necesita adivinar qué queremos antes de que lo sepamos.
Y yo, en el mostrador, intentando sostener un equilibrio extraño:
usar IA sin imitar la lógica de la IA.
La estudiante de hoy no venía a buscar información. Venía a buscar una pausa.
Y cuando entendí eso, me di cuenta de algo incómodo:
Las bibliotecas estamos tan ocupadas en “actualizarnos” que a veces olvidamos lo que ya sabíamos hacer bien: bajar el ritmo, acompañar, dejar que el sentido aparezca sin apuro.
📚 El algoritmo quiere velocidad. La biblioteca quiere profundidad.
Hay una diferencia ética entre ambos mundos.
El algoritmo presume que cuanto más rápido consumimos, mejor.
La biblioteca sabe que cuanto más lento comprendemos, mejor.
La IA te ofrece un resumen.
La lectura te ofrece una transformación.
Y en el medio, estamos los bibliotecarios, intentando que la cultura digital no devore la experiencia de leer… ni nuestra forma de trabajar.
🔧 Lo que hice hoy para no convertirme en un algoritmo con piernas
No es épico. Es cotidiano. Pero creo que ahí está lo importante.
Le recomendé un libro que no venía “calculado” por ningún motor de recomendación.
Hablé un minuto más de lo necesario.
Dejé que la duda tenga un lugar, sin resolver todo enseguida.
Me permití pensar sin abrir ninguna ventana nueva.
Quizás hoy la biblioteca no compitió con los algoritmos.
Pero tampoco se dejó absorber por ellos.
🌱 Epílogo: el día en que una pregunta inocente me recordó para qué estoy acá
La estudiante se fue con un libro bajo el brazo y me dijo:
—Gracias. Pensé que esto ya no existía.
Entendí que “esto” no era el libro.
Era la sensación de que todavía hay espacios donde no todo está optimizado, automatizado, anticipado o vigilado.
Y que tal vez, en tiempos de IA, la tarea más subversiva del bibliotecario sea defender un poco de humanidad donde ya nadie la espera.
Mañana, sin dudas, volverán las consultas, los mails, los CSV, los metadatos, las capacitaciones, y otra vez la conversación sobre si “la IA nos va a reemplazar”.
Pero hoy me quedo con esta certeza simple:
Mientras haya alguien que pregunte, que lea, que dude, que humanice, la biblioteca nunca será un algoritmo.
Ni yo tampoco.