Durante mucho tiempo, la información fue un arma silenciosa.
Los gobiernos y las empresas podían anunciar políticas generosas o lanzar productos confusos porque sabían algo que la mayoría no: que la gente no iba a entender la letra chica, ni a reclamar lo que le correspondía.
Esa brecha —la asimetría de la información— era parte del sistema.
Hasta que algo cambió.
Y no fue en un congreso de ética ni en un aula universitaria, sino en TikTok, WhatsApp o ChatGPT.
Un video viral en Australia enseñó a reclamar pensiones olvidadas.
Otro mostró cómo leer una cláusula abusiva.
Hoy, millones de personas suben sus contratos, pólizas o reservas de hotel a una IA para entender qué están firmando.
El resultado: una ciudadanía un poco más informada y un poco menos indefensa.
El periodista Antonio Ortiz lo resume con claridad:
“Con inteligencia artificial habrá menos asimetría de la información y también más ayudas sociales.”
Su análisis cita a The Economist, que estimó que la asimetría informativa representa un “impuesto” efectivo para el consumidor de cientos de miles de millones de dólares solo en EE. UU., y alrededor del 2,5 % del PIB británico (fuente original).
Más allá de las cifras, lo interesante es el movimiento social que se insinúa:
una red de usuarios que ya reclaman derechos, entienden contratos y exigen transparencia gracias a la mediación de algoritmos.
La IA empieza, lentamente, a devolver poder a quienes nunca lo tuvieron.
No se trata de un optimismo ingenuo, sino de reconocer una grieta nueva en el monopolio informacional que sostenía tantas desigualdades.
Mientras tanto, los bibliotecarios, docentes y mediadores del conocimiento tenemos una tarea clara: enseñar a preguntar, a interpretar y a desconfiar con criterio.
Porque el algoritmo puede traer la información, pero solo la lectura crítica la convierte en conciencia.
🧠 Del papel al algoritmo
Reflexiones sobre bibliotecas, educación y cultura digital.
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