Hay discusiones que parecen lejanas —infraestructura, modelos de lenguaje, soberanía tecnológica— hasta que un día nos damos cuenta de que ya están decidiendo por nosotros.
Y no solo por nosotros: por nuestras comunidades lectoras, por nuestros estudiantes, por nuestros sistemas de conocimiento.
En los últimos años, el mapa del mundo digital se reorganizó alrededor de una idea simple y brutal:
Quien controla el modelo, controla la palabra.
Y quien controla la palabra, controla el mundo.
Esta reflexión aparece con fuerza en un texto reciente de Enrique Dans, quien advierte que la soberanía de la inteligencia artificial será la próxima batalla cultural.
No por futurismo, sino porque los modelos lingüísticos ya son la infraestructura invisible de todo lo que leemos, buscamos y producimos.
Cada vez que pedimos una respuesta a un modelo de IA, estamos aceptando —consciente o inconscientemente— un conjunto de decisiones previas:
• qué corpus se usó,
• qué lenguas fueron prioridad,
• qué visiones del mundo quedaron fuera,
• qué sesgos se silencian o se amplifican,
• qué intereses económicos sostienen la infraestructura.
Las bibliotecas siempre trabajaron sobre estas preguntas, incluso antes de que existiera internet.
Lo que cambió es la escala.
La lucha por la palabra ya no se da en catálogos, repositorios o colecciones, sino en los sistemas que producen texto a una velocidad que ningún humano puede igualar.
Dans escribe que no podemos permitir que el futuro de nuestra cultura dependa de modelos opacos, controlados por un pequeño grupo de actores globales.
Su señalamiento es directo:
La IA no es solo tecnología: es infraestructura cultural.
Para el campo bibliotecario latinoamericano, esto es un llamado urgente.
Porque si no participamos en la definición del ecosistema algorítmico:
📌 nuestras lenguas quedan relegadas,
📌 nuestro patrimonio cultural queda fuera del entrenamiento,
📌 nuestras instituciones se vuelven dependientes,
📌 y nuestras comunidades pierden autonomía cognitiva.
Todo.
Una biblioteca es, por definición, un dispositivo soberano de producción y circulación del conocimiento.
Siempre lo fue.
Lo que cambia es el terreno de juego:
• Seleccionar, organizar, catalogar, preservar.
• Generar datos culturales para entrenamiento,
• auditar modelos,
• defender la diversidad epistémica,
• participar de políticas de IA pública,
• desarrollar capacidad técnica para no tercerizar nuestra palabra.
La soberanía hoy incluye:
soberanía de datos,
soberanía del conocimiento,
soberanía lingüística,
soberanía algorítmica.
Y las bibliotecas están en el centro de esas cuatro dimensiones.
Si los modelos que usamos no contienen nuestras voces, nuestros archivos, nuestros modos de nombrar el mundo, entonces el futuro se escribirá sin nosotros.
Como advierte Enrique Dans, la batalla ya empezó:
y no es entre máquinas, sino entre visiones culturales.
¿Qué hacemos los bibliotecarios ante esta transición?
La respuesta no es solo “usar IA”.
Es más profunda:
Construir IA desde nuestras instituciones.
Reclamar participación.
Defender nuestras palabras.
El futuro de la inteligencia artificial no es una carrera técnica:
es una disputa por el sentido, por la memoria y por el derecho a nombrar.
Y ahí, justamente ahí,
las bibliotecas tienen una tarea irrenunciable.