En los últimos años empezó a circular con fuerza un término incómodo pero preciso: enshittificación. Se usa para describir cómo muchas plataformas digitales, con el tiempo, empeoran deliberadamente: más publicidad, más fricción, más costos ocultos, menos control para los usuarios y una experiencia cada vez más degradada. Primero seducen, después capturan y finalmente exprimen.
Aunque nació para hablar de redes sociales y servicios digitales, la pregunta es inevitable:
👉 ¿puede pasarle lo mismo a las bibliotecas?
👉 ¿ya está pasando?
La respuesta incómoda es que sí, si no estamos atentos.
La enshittificación no llega a las bibliotecas de golpe. Entra de manera sutil:
Interfaces cada vez más opacas, diseñadas para retener clics y no para facilitar búsquedas.
Plataformas cerradas, con suscripciones crecientes y condiciones de uso poco transparentes.
Métricas de “uso” que valen más que la comprensión, la lectura profunda o el aprendizaje real.
Digitalización sin mediación, donde el acceso existe pero el sentido se pierde.
En ese camino, la biblioteca corre el riesgo de dejar de ser un espacio de cuidado del conocimiento para convertirse en un simple nodo más del ecosistema de consumo digital.
Ir en contra de la enshittificación no significa rechazar la tecnología. Significa no copiar sus peores lógicas.
La biblioteca puede —y debe— ser otra cosa:
Mientras las plataformas optimizan para captar atención, la biblioteca debe optimizar para comprensión, contexto y autonomía.
Menos ruido, más claridad.
Menos estímulo constante, más orientación.
Sin publicidad encubierta.
Sin rankings manipulados.
Sin priorizar lo “más visto” por sobre lo más relevante.
El acceso a la información no debería parecerse a un feed infinito.
Seleccionar, contextualizar, recomendar no es censura: es responsabilidad profesional.
Frente al exceso, la biblioteca ofrece criterio.
Frente al algoritmo opaco, ofrece decisiones explícitas.
Las bibliotecas no necesitan saberlo todo sobre sus usuarios.
No necesitan perfilar, rastrear ni monetizar comportamientos.
La privacidad no es un obstáculo: es un valor fundante.
En un entorno digital que empuja a consumir rápido y olvidar más rápido todavía, la biblioteca sostiene algo casi subversivo:
📚 la lectura lenta
🧠 la reflexión sin métricas
🧭 el derecho a no ser interrumpido
Eso también es ir contra la enshittificación.
El bibliotecario ya no es solo un mediador entre libros y personas.
Es, cada vez más, un guardián ético del ecosistema informacional.
Alguien que puede decir:
esto no conviene,
esto empobrece la experiencia,
esto excluye,
esto parece acceso pero no lo es.
Las bibliotecas no tienen por qué volverse peores con el tiempo.
No están obligadas a copiar el modelo de las plataformas comerciales.
Pueden crecer sin traicionarse.
Ir en contra de la enshittificación es, en el fondo, defender una idea sencilla pero radical:
👉 que el conocimiento no es mercancía,
👉 que la experiencia importa,
👉 que no todo lo digital tiene que ser ruidoso, invasivo o degradado.
Y que, en tiempos de saturación, la biblioteca sigue siendo uno de los pocos lugares donde el sentido todavía se cuida.
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✍️ Del Papel al Algoritmo
Fernando Gabriel Gutiérrez
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