Del Papel al Algoritmo
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Jul 2, 2026

Me pidieron que entrene una IA

Diario del bibliotecario ante la IA — Nueva temporada · 01


Vuelvo a abrir este diario con la escena más rara que me tocó en años de oficio.

Me escribieron para pedirme algo que, dicho rápido, suena a elogio: que entrene una IA. Que le enseñe, como bibliotecario, a separar lo que sirve de lo que es ruido. A ordenar. A elegir. A reconocer qué fuente vale.

Y era un elogio. No voy a fingir que no.

Después de años escuchando que la biblioteca es el lugar donde se guarda lo viejo, alguien reconocía que lo que hacemos —seleccionar, contextualizar, descartar— es justo lo que una máquina no sabe hacer sola.

Dije que sí casi sin pensarlo. Y esa noche no dormí.

Porque hay una diferencia entre enseñarle a una persona y entrenar a una máquina.

A una persona le enseñás a pensar. Después se va, piensa sin vos y, con suerte, algún día te discute.

A la máquina le dejás un criterio adentro. Y ahí se queda. Fijo. Sin nadie a quien reclamarle.

Toda la vida trabajamos con criterios revisables. El catálogo se podía cuestionar. La selección tenía comité, tenía apelación, tenía un nombre atrás. Yo podía equivocarme y alguien podía señalármelo al día siguiente.

¿A quién le reclamás cuando el criterio ya quedó entrenado?

Eso no me lo dijeron cuando me lo pidieron. Y no porque me lo ocultaran: no lo vieron. Para quien lo pide, es un asunto técnico. "Necesitamos que la herramienta funcione mejor."

Para mí es otra cosa.

Si voy a enseñarle a elegir, le voy a enseñar con lo que tengo a mano. Y lo que tengo a mano, como casi todo en estos sistemas, viene del norte, en inglés, ya recortado. Entrenarla con eso convierte la brecha en infraestructura. La vuelve permanente, invisible, imposible de discutir más tarde.

Todavía no dije que no.

Pero tampoco dije que sí a lo que ellos creen que les dije.

Porque lo que me pidieron no fue entrenar una máquina. Fue decidir —en silencio, sin comité y para siempre— qué va a contar como conocimiento para todos los que después pregunten.

Eso las bibliotecas lo hicimos siempre.

La diferencia es que antes se podía auditar.

Empieza otra temporada de este diario. La abro con más preguntas que certezas.

Que es, me parece, la única forma honesta de abrirla.

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