En su nota editorial del volumen 8(1) de Journal of Applied Learning and Teaching, Rudolph et al. (2025) cuestionan ocho ideas muy instaladas sobre la IA en educación superior. Su objetivo no es demonizar la tecnología, sino desactivar narrativas simplificadoras para abrir espacio a una alfabetización crítica en IA dentro del currículo y de las instituciones.
Este tipo de mirada es profundamente afín a lo que desde “Del Papel al Algoritmo” venimos trabajando sobre bibliotecas, cultura digital y pensamiento crítico .
Lo interesante es que estos ocho mitos también atraviesan el mundo bibliotecario. No solo afectan a universidades: impactan directamente en cómo leemos, describimos, preservamos, recomendamos y mediamos conocimientos.
A continuación, repaso de los mitos + una lectura situada desde las bibliotecas.
Rudolph et al. señalan que la IA no surge de la nada: está sostenida por trabajo humano masivo, infraestructuras materiales y extracción de datos.
Las bibliotecas saben desde siempre que no existe información sin trabajo invisible: catalogación, normalización, preservación, limpieza de datos.
La IA opera igual: depende de humanos invisibilizados. Reconocerlo evita fetichizar la tecnología y ayuda a diseñar políticas éticas de uso.
Los autores aclaran: los modelos no comprenden, solo simulan. No razonan, no contextualizan, no poseen experiencia vivida.
Creer que la IA “entiende” puede llevar a delegar tareas complejas —como análisis temático, indexación o referencia— a sistemas incapaces de captar matices culturales, lingüísticos o disciplinares.
La biblioteca es, por definición, un espacio de lectura profunda: allí la diferencia entre simular y comprender es crítica.
Una narrativa tecnosalvacionista que oculta dimensiones políticas y económicas.
Cada vez que se promete que un software “resolverá” el acceso, la preservación o la alfabetización informacional, se diluyen debates sobre financiamiento, infraestructura, brechas digitales y autonomía institucional.
Las bibliotecas no necesitan promesas: necesitan políticas sostenidas.
Los sistemas amplifican sesgos existentes.
Los sesgos son un tema estructural en clasificación, organización y representación del conocimiento.
Las bibliotecas cuentan con tradición crítica (género, decolonialidad, sesgos temáticos) que puede ayudar a evaluar y corregir sesgos algorítmicos.
Esto convierte a los bibliotecarios en agentes esenciales de auditoría y mediación ética.
El escenario es multipolar, con China como actor clave y Europa como regulador fuerte.
Las bibliotecas trabajan con estándares, interoperabilidad y acceso abierto a escala global.
Comprender este escenario geopolítico permite evaluar proveedores, plataformas y políticas de datos con mayor soberanía tecnológica.
La automatización sí modifica tareas, roles y condiciones laborales.
Las bibliotecas ya están viviendo esta tensión:
– automatización de procesos,
– nuevos roles en datos, preservación digital y evaluación de IA,
– incertidumbre laboral.
Frente a esto, el camino no es la resistencia ni la adopción acrítica, sino la reconversión profesional con mirada ética y estratégica.
La retórica promete revoluciones sin abordar problemas estructurales: financiamiento, gobierno, integridad académica.
Que no deben quedar atrapadas en narrativas de “innovación mágica”.
Los servicios bibliotecarios no se transforman por incorporar IA, sino por repensar misiones, procesos y comunidades.
La IA puede ser una herramienta, nunca el centro del proyecto educativo.
Los detectores fallan. La intuición falla. La cultura de sospecha crece.
Las bibliotecas pueden liderar programas de alfabetización académica y ética de la autoría, desplazando la conversación de la vigilancia a la formación.
En vez de perseguir trampas, se trata de enseñar a escribir con IA, sobre IA y contra IA, según el propósito.
Las bibliotecas poseen tres fortalezas clave para enfrentar estos mitos:
Una tradición crítica sobre tecnologías de la información.
Lo que hoy llamamos IA, ayer fue OPAC, repositorio, indexador, metabuscador. Siempre hubo riesgo, sesgo y potencial.
Una ética del cuidado y la preservación.
Frente a corporaciones tecnológicas que miden datos en escalas astronómicas, las bibliotecas recuerdan una pregunta esencial:
¿Para quién trabajamos y a quién servimos?
Una misión educativa transversal.
La alfabetización crítica en IA no puede ser solo curricular: necesita espacios, mediadores y recursos.
Las bibliotecas pueden convertirse en laboratorios de pensamiento crítico sobre IA, no en meros usuarios de herramientas.
Rudolph et al. nos invitan a desmontar narrativas y preguntar lo que casi nadie pregunta en medio del entusiasmo tecnológico:
¿Esta tecnología está alineada con los grandes objetivos de la educación?
¿Promueve autonomía, justicia informacional, acceso abierto, pensamiento crítico?
¿O simplemente reproduce mitos disfrazados de innovación?
Las bibliotecas —por su historia, su ética y su rol formativo— están en una posición privilegiada para liderar esta conversación.