Tecnológico de Monterrey - Instituto para el Futuro de la Educación
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Feb 9, 2026

Opinión | La escuela de Moebius (educación en la dimensión desconocida)

La Escuela de Moebius invita a gestionar nuevos niveles de aprendizaje, aunque sea con pequeños giros en los límites de la enseñanza.


Hacia mediados del siglo XIX, el matemático August Ferdinand Möbius descubrió algo interesante y divertido. Si usted toma una tira de papel (de unos cuarenta centímetros, digamos) y pega sus extremos, obtendrá, obviamente, una banda, que, por ejemplo, se podrá poner en la cabeza como una corona; ahora bien, si toma otra tira igual, pero antes de unir sus extremos, le da media vuelta a uno de ellos, lo que tendrá será una segunda corona mal hecha, torcida, digna de un bufón de boca chueca. Pero también obtendrá una Cinta de Moebius o Banda de Möbius.

A diferencia de la primera corona, que tiene dos lados (uno que da hacia su pelo y, otro, el que la gente ve), la cinta de Moebius tiene un solo lado: si usted la recorre con el dedo, después de ochenta centímetros llegará al mismo lugar. Por una especie de hechizo matemático, con ese solo pequeño giro, ahora uno puede pasar a la segunda cara sin levantar el dedo, y después volver a la primera, también, sin hacerlo. La cinta de Moebius tiene una sola cara.

Le digo lo anterior porque quiero contarle cómo mi familia y yo hicimos una vez una travesura que, sin querer, resultó muy parecida a todo esto, pero en la vida real: entramos a un lugar por una puerta, salimos por esa misma puerta a otro lugar y volvimos al punto de partida solo con repetir la secuencia en reversa. Y no fue tan difícil. Verá: tomamos una maleta con ropa y nos hospedamos en un hotel del centro histórico de la Ciudad de México,  ciudad en la que vivíamos en ese momento. Pasamos la noche y, cuando salimos a pasear a la mañana siguiente, la ciudad era otra. O más bien, sentíamos estarla viendo por primera vez. Por un pequeño giro en nuestra cotidianidad, nos  habíamos convertido en turistas de un lugar que, a pesar de haber estado ahí mil veces, nunca habíamos visto. Todo era sorprendente: sus palacios radiantes, sus tiendas espectaculares, sus espacios magníficos. Hasta la bandera que pendía en la gran plaza, parecía de otro país.

Pasamos el día, disfrutando de comida novedosa —que habíamos paladeado mil veces—, mirando a los cientos de paseantes, entre los que se hallaban muchos turistas, como nosotros, y, finalmente, por la noche, volvimos al hotel. Dormimos, y a la mañana siguiente, tal como habíamos planeado, hicimos el check-out y volvimos a nuestro hogar. En cuanto salimos del hotel, el centro histórico volvió a ser el mismo de siempre. Habíamos regresado a nuestro lugar de partida.

Uno de los efectos más extraños de aquel paseo fue que, si bien las cosas nos parecían nuevas, uno podía llegar a sentir que era uno el que estaba siendo otro. De pronto, yo era un turista de otro país; parecía estar imbuido del espíritu de alguien que no era yo y que visitaba por primera vez la Ciudad de México. Por una parte, veía “otra cara” de lo mismo; por otra, y esto era lo más divertido, parecía estar viviendo las cosas como desde otra cara de mí.

A esta maravillosa experiencia (no puedo llamarla de otra forma) la bauticé como turismo de Moebius (ahora estoy seguro de que, de haber regresado a casa sin volver primero al hotel –dejando en este nuestra ropa y nuestro auto–, hoy seguiríamos habitando en aquella twilight zone, aquella dimensión desconocida).

Interesado en la pedagogía, no puedo dejar de pensar que la novedosa sensación que forjé con el simple, pero disruptivo, acto de hospedarme en un hotel de mi propia ciudad, pueda revivirse en una estrategia de enseñanza-aprendizaje.

Todo empieza, claro, con la decisión, poco común, de irnos en familia de viaje a algo así como “nuestra propia casa”. A este  atrevimiento en la manera de discernir y decidir las cosas, a este twist en la inercia cotidiana, el psicólogo y filósofo Edward de Bono le llama pensamiento lateral. El pensamiento lateral describe momentos de originalidad (es decir, de vuelta al origen,  de un auténtico clic en reinicio) en que los seres humanos podemos ver, como si fuera la primera vez, cosas que han estado ahí siempre. Algo así nos permite encontrarles atributos jamás vistos o, tratándose de problemas, soluciones que no habíamos contemplado antes.  

En una vieja y hermosa película que se llama Los dioses deben estar locos, un joven bosquimano de nombre Xi, quien nunca ha tenido contacto con nadie fuera de su pequeña localidad, se ve de pronto recorriendo el desierto y huyendo de hombres civilizados que quieren matarlo. Xi, que a esas alturas del film ya ha hecho amigos entre los blancos “buenos”, sabe —gracias a éstos— poner en marcha un Jeep descapotado y avanzar al frente.  Así, cuando se ve perseguido por aquellos maleantes, puede subir al Jeep y arrancarlo para huir. Pero —oh, desgracia—, sus amigos, en ese momento ausentes, han  dejado la palanca en posición de reversa y el auto se echa a andar para atrás. Como cualquier otro, Xi se sorprende con esta inesperada reacción. Pero, ¿de verdad es una desgracia? Seguro lo habría sido para nosotros, acostumbrados a formas unidireccionales de pensamiento, pero para el “salvaje” y multilateral Xi, aquello pronto deja de ser problema: pasándose a la otra cara del mundo, se para, se sienta en el cofre con las piernas hacia el volante y, tomando este, conduce el auto en reversa como si fuera al frente.

Es uno de los grandes momentos del cine. Nos hace ver cómo una respuesta que, para nuestro, en apariencia, cándido personaje, es de lo más natural, para nosotros resulta un verdadero giro de tuerca, un enfrentamiento con un nuevo mundo: no solo una forma diferente de ver este que habitamos, sino una inmersión en una verdadera nueva realidad.

El pensamiento lateral no es solo una ocurrencia, ni siquiera una genial ocurrencia: es, como digo, pasarnos a la otra cara de la realidad y colocarnos en un lugar distinto: otro mundo, prácticamente.

Eso es lo que yo quisiera llevar al aula: un  parteaguas que pueda, de súbito (como esperanza caída del cielo) entrar en el mundo de los estudiantes (y, por supuesto, de los docentes), borrando de pronto todo lo que saben y dándoles una oportunidad de aprendizaje diferente. En un mundo como el nuestro, cada vez más unidireccional y estrecho, la llegada de algo inesperado nos puede abrir a un nuevo conocimiento.

Ese giro de tuerca puede consistir en no más que un detalle. El humor, en general, hace eso y, como todos sabemos, un buen chiste a mitad de la clase es capaz de renovar por completo la disposición a enseñar y aprender. Y si no sólo se trata de un buen chiste sino de todo un modo de ser, es decir, de una docente que sea simpática o simpático por naturaleza  (y que no usa el humor como distractor sino como un continuo giro de tuerca didáctico,  inteligente y sensible), entonces podemos hablar de un verdadero caso de pedagogía lateral.

Lo único malo con esto es que uno no puede aconsejar a las y los docentes que sean simpáticos, pues sería como sugerirles que fueran altos o bajitos, o de un color de ojos diferente. La habilidad con el humor es algo muy personal (así que, mejor, no hay que aconsejarle a quien no la tiene que cuente un chiste, ¡y mucho menos a sus estudiantes!).

Quizás lo más fácil es sugerir a los docentes que se atrevan a introducir un ambiente de juego en clase. Jugar es una capacidad más extendida que la comicidad y puede estar más al alcance de la mayoría. Casi podríamos decir que “es cosa de soltarse”. Y claro, de inventar o recabar, buenos juegos. Un ejemplo genial de hasta dónde puede llegar esto, nos lo da la película Radical, donde, saliéndose de sus habituales casillas, el actor Eugenio Derbez nos cuenta la historia de un maestro de primaria capaz de llevar a sus estudiantes –chicos estándar en el desolado paisaje de la educación en México– a convertirse en un grupo modelo de nivel nacional, y todo mediante la seriedad del juego (seriedad que él, además, aplica en todos los aspectos de su vida). La película empieza cuando las niñas y niños entran a la primera clase y encuentran a este profesor arrastrándose en el piso y urgiéndolos a subirse a sus bancas para evitar que el suelo/mar en el que él está “nadando” los devore. Enseguida, el juego pone en marcha un ejercicio matemático que consiste en… ¡Pero no les cuento más: véanla!

Inventar juegos –y, sobre todo, plantear una forma inesperada de aprender– sería, muy bien, parte de una pedagogía lateral, en la cual cabrían muchos otros ejemplos. Hace años, fui invitado por la Secretaría de Educación Pública a crear un espectáculo —“de preferencia, interactivo”— para presentarlo en escuelas primarias públicas del país. Yo ideé lo siguiente: convoqué a un actor que, por su aspecto físico, podía muy bien dar la apariencia de un joven juez, y lo llevé a que se presentara ante los niños como si de verdad lo fuera: “Soy el juez tal… y las y los invito a que hagamos juntos una dinámica sobre los valores éticos y sobre su importancia al aplicar las leyes”. Divididos en equipos, los estudiantes se daban entonces a la construcción de un pequeño barco, que representaría a la sociedad, con su bandera, su capitán, su tripulación y su lista de criterios y propósitos navieros.

En esas estaban —y todo iba marchando bien— cuando irrumpía en el escenario el buen Balderón de la Charca, un payaso de nariz roja y zapatotes, que decía que estaba programado por la SEP para dar una conferencia a aquellos estudiantes, en ese mismo horario. El juez Salomón intentaba conciliar, pero la propia naturaleza disruptiva del payaso lo hacía imposible. Media hora después, el buen juez conciliador se había convertido en un energúmeno, haciendo evidente que su capacidad para aplicar las normas en paz —es decir, en orden con los valores que él mismo proponía— se venía abajo al chocar con esta realidad que se le imponía de pronto. Acababa sometiendo a Balderón por la fuerza e improvisando un arbitrario tribunal infantil para castigarlo.

La clave del éxito de aquel espectáculo dependía de que el actor que hacía de juez se sostuviera como tal, convenciendo a niñas y niños, de principio a fin, de que en realidad lo era. Así, el “público” viviría el evento como un hecho real y experimentaría en carne propia el drama que sufren los valores cuando se les tiene que aplicar en la realidad judicial. No sé si logramos el objetivo, pero esa era la intención.

Experimentos como este emprendía, en los años setenta, el director brasileño Augusto Boal, en una serie de prácticas a las que llamaba teatro invisible. Boal ponía a una actriz y un actor a hacerse pasar por una pareja de casados y a entrar en un supermercado, ella llevándolo a él sujeto por el cuello con una correa de perro. Para encender la discusión entre la clientela, un tercer actor intervenía para reprochar a la pareja aquella conducta, y una actriz más entraba en su defensa, señalando el derecho que tenían a relacionarse como quisieran. Así, animados, todos los presentes se entregaban a un debate enérgico, que otros actores y actrices intentaban conducir, a fin de provocar un brote de conciencia social (eran tiempos en que el arte de protesta estaba en su apogeo). Al final, el elenco revelaba su verdadera identidad, pero estoy seguro de que, de no hacerlo, al menos algunos de los asistentes, algún día, se preguntarían si habían soñado aquello o había sido realidad.

¿Podría hacerse algo parecido en el aula? ¿Podría alguien irrumpir fingiendo un papel para movilizar opiniones o incluso cuestionar  el enfoque del profesor sobre algún concepto crucial? ¿Qué pasaría si, mientras el docente estuviera hablando sobre el descubrimiento de América por parte de Cristóbal Colón, una actriz, fingiendo ser una empleada de limpieza —presente de forma circunstancial en el salón—, interrumpiera para comentar que los verdaderos “descubridores” habían sido nómadas llegados muchos siglos antes, dando pie, con su comentario, a una argumentación contra el eurocentrismo  (y enseñando, de paso, que en la escuela no solo se puede cuestionar los “conocimientos” habituales sino también que no existe un único modo de aprender)?

La invisibilidad podría alcanzar extremos. Imaginemos un curso de matemáticas en el que, el primer día de clases, al llegar, los estudiantes (que serían de diferentes edades: digamos, jóvenes pero también adultos mayores) se encuentran, no con que el docente se está arrastrando por el piso, sino con una nota escrita en el pizarrón, que dice: “Queridas y queridos estudiantes, bienvenidos. Soy su docente. Estoy oculta —u oculto— entre ustedes. Verán: en esta especie de juego, hay dos retos: uno, cubrir completo el libro de texto para el examen final, y otro, que ustedes descubran quién soy. Para lograr ambas cosas podemos hacernos unos a otros todas las preguntas que queramos, sobre matemáticas, claro, pero también sobre nuestras vidas personales. La única pregunta que no está permitida es: ¿Eres tú el docente?

La nota terminaría con las demás instrucciones del juego, los posibles escenarios y las recompensas para los que acierten.

La idea de una dinámica así –tal vez ya está claro– es que, motivados por la presencia de un docente oculto, los estudiantes buscaran, unos en otros, respuestas a los problemas del libro, y encontraran y compartieran soluciones, sí con la ayuda del maestro encubierto, pero también por su propia cuenta. Con toda seguridad, con un buen libro, tarde o temprano descubrirían los métodos.

Pero el colmo de la invisibilidad, el verdadero giro de Moebius, sería que, al final, no existiera en aquel grupo ningún docente. Así, los estudiantes ingresarían, de verdad, en un mundo alterno y, además de aprender matemáticas, descubrirían, sorprendidos, que han desarrollado nuevas habilidades, y eso sin querer, “como por arte de magia”.

Ya casi termino.

La Escuela de Moebius invita, por supuesto, a desarrollar muchas más dinámicas que estas que menciono, inspiradas en la táctica de lo invisible. Pero la verdad es que no sé hasta dónde se pueda desarrollar un modelo educativo basado en esta especie de alquimia transmutadora (la cual, lo confieso, me empieza a dar un poco de vértigo).

Tales experiencias quizás sirvan para gestionar nuevos niveles de aprendizaje, al irrumpir, aunque sea con pequeños giros, en los límites de la enseñanza. Mirar las cosas comunes como nunca antes vistas podría brindar conocimientos inéditos. Vivencias un poco arriesgadas, tal vez harían aparecer sensaciones, emociones e incluso ideas sin estrenar, capaces de renovar el sentido por el que los seres humanos seguimos yendo a la escuela.

Pero no debemos descartar que, a la hora de evaluar su valor didáctico, nuestras ingeniosas e innovadoras dinámicas se revelen como insustanciales: es decir, como experiencias aisladas, incapaces de acoplarse con otros enlaces cognitivos: suerte de aventuras divertidas y ociosas, tan felices como ir a mojarse los pies en la playa y disfrutar del momento. Yo mismo, si soy franco, podría describir mi experiencia en el centro histórico de la Ciudad de México como un evento extraordinario, sin relación alguna con ningún otro hecho y, por lo tanto, incapaz de convertirse en verdadero conocimiento.

Y sin embargo (nueva vuelta de tuerca) no dejaríamos de preguntarnos si esa diversión pura, esa sorpresa volátil, como de juego de prestidigitación, es, en el fondo, parte viva del espíritu de la enseñanza, espíritu capaz de unir la apropiación  del conocimiento con la inmersión alegre en el puro instante.

¿Podrían, realidad e irrealidad, tener una sola cara? Como decía el viejo programa de televisión: “Todo puede suceder en la dimensión desconocida”.



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