En la historia moderna, es innegable afirmar que existe un antes y un después de la pandemia de COVID-19, donde las calles quedaron vacías, las escuelas cerraron y las interacciones sociales presenciales fueron mínimas; todas las industrias y todas las personas se vieron afectadas. A casi seis años del inicio de la pandemia, todavía se viven muchas de sus consecuencias; sin embargo, algunas no son tan obvias ni perceptibles: ¿cuáles fueron los estragos que dejó en la educación?
El 11 de marzo de 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró que la situación sanitaria propiciada por el virus SARS-CoV-2 era ya una pandemia e instaba a los gobiernos a tomar medidas para contenerla. De esta manera, el confinamiento se convirtió en una realidad para millones de personas alrededor del mundo; no obstante, lo que creíamos que serían algunas semanas de aislamiento se convirtieron en meses en los que la vida se vio paralizada.
Ese mismo año, en julio, la UNESCO estimaba que 24 millones de estudiantes, desde preescolar hasta el nivel superior, estaban en riesgo de no volver a una institución educativa. La organización afirmaba que tal estimación se debía a cinco factores principalmente:
Además, establecía que serían más afectados aquellos estudiantes en contextos de pobreza y marginación, así como los afectados por conflictos políticos y migratorios.
De acuerdo con la CEPAL-UNESCO, en el reporte La educación en tiempos de la pandemia de COVID-19, las principales disposiciones en el ámbito educativo se relacionaron con la suspensión de clases presenciales, recurriendo a diversas modalidades a distancia como el aprendizaje por internet (uso de plataformas virtuales de aprendizaje asincrónico o sincrónico) y modalidades fuera de línea (medios de comunicación tradicionales como la radio o la televisión).
Adicionalmente, hace referencia a un estudio del Instituto Internacional de Planeamiento de la Educación (IIPE, 2020), en el que se muestra que, en materia de financiamiento, la crisis tendría un impacto significativo en dos ámbitos: 1) la disminución de la inversión en educación durante la crisis, así como el costo adicional que resulte de ella; y 2) una reducción esperada de los recursos financieros disponibles en el futuro para el sector educativo.
Por otra parte, García Jaramillo (2020) señalaba las posibles implicaciones en las infancias debido al prolongado cierre de las instituciones educativas, aunado al impacto económico y de salud en la población. Más allá de la deserción escolar, se consideraban aspectos como el abuso físico y emocional, así como la inseguridad alimentaria y la pérdida del aprendizaje, esta última, teniendo consecuencias devastadoras en toda una generación.
En el mismo texto, la autora retoma estrategias diseñadas por la UNESCO para superar la emergencia sanitaria y evitar una brecha aún mayor. Estas son seis líneas de acción, las primeras cuatro relacionadas con el bienestar de los niños, niñas y adolescentes (NNE):
Estas estrategias señalaban la urgencia del primer punto, no sólo porque la suspensión de las clases presenciales afectó los procesos de enseñanza y aprendizaje, sino también porque cesaron, en muchos casos, los alimentos escolares de niños y niñas; aumentó el estrés de docentes y estudiantes; asimismo, se incrementaron las probabilidades de violencia doméstica, de embarazo adolescente y de trabajo infantil.
América Latina y el Caribe fueron algunas de las regiones más afectadas por la suspensión de las clases presenciales durante la emergencia sanitaria. De acuerdo con La urgencia de la recuperación educativa en América Latina y el Caribe (2024), los países de la región mantuvieron las escuelas cerradas o parcialmente abiertas durante un promedio de 62 semanas, es decir, más de un año y medio sin clases. La UNESCO explica que es difícil dimensionar el alcance del retroceso que esto conlleva en las principales variables educativas.
En este sentido, Guillermo Parás Treviño, gerente de Expansión de Kumón y especialista en materia educativa, explica que hasta un 80 % de los estudiantes en Latinoamérica tienen un bajo nivel educativo, debido a las secuelas que dejó la pandemia de COVID-19, las cuales incluyen la incapacidad para concentrarse, la falta de habilidad para estudiar y problemas de autopercepción como lo es la confianza.
El reporte Educación en América Latina y el Caribe en el segundo año de la COVID-19, emitido en diciembre de 2022 por la UNESCO, señala que al menos 160 millones de estudiantes fueron afectados por la que considera “la peor y más prolongada crisis educativa de la historia reciente de América Latina y el Caribe”, una región que desde antes de la pandemia ya presentaba un escenario complejo en términos de disponibilidad de recursos, cobertura, equidad y calidad.
Declaraba también que en el 79 % de los países las diversas propuestas de enseñanza remota no habían alcanzado a la totalidad de los estudiantes de educación básica, y que, además, el 17 % indicó que al menos uno de cada cuatro había quedado excluido. Este planteamiento de enseñanza remota, explican, afectó en mayor medida al estudiantado ya de por sí vulnerable y marginado; siendo el acceso desigual a la tecnología un factor determinante del incremento de dichas brechas preexistentes. Además, el texto aseguraba que la educación no había sido una de las áreas prioritarias en los planes de recuperación pospandemia, haciendo un llamado a que se le otorgue un lugar central en la agenda pública con un financiamiento adecuado.
Por otro lado, la situación en Estados Unidos también muestra una lenta recuperación, en la que las escuelas no han sido capaces de recuperar el terreno perdido durante el cierre.
Al menos en California, la tasa de nuevos maestros ha disminuido considerablemente, mientras que la jubilación en etapas más tempranas se ha incrementado. Además, los estudiantes presentan un atraso de medio año académico en comparación con los niveles prepandémicos, lo que equivale a un 31 % de un grado por debajo de los niveles del año 2019. Mientras que en otros estados del país, la brecha se acerca a un atraso de un año académico.
Si bien, nunca podremos saber con certeza qué tan profunda es la herida dejada por la pandemia en el ámbito educativo, es importante reconocer que existe un daño, pues según investigadores de Harvard, Stanford y Dartmouth, muchas escuelas no han sido del todo honestas con las familias sobre esta pérdida del aprendizaje, donde muchos tiene la falsa impresión de que sus hijos no fueron afectados, a pesar de que el cierre de las escuelas marcó una ruptura a nivel internacional del tradicional papel socializador de la institución.
Pese a los evidentes problemas que dejó la pandemia en la educación, no debemos olvidar las barreras preexistentes, sino trabajar en ellas para cerrar dichas brechas. Las acciones de recuperación educativa no deben perder de vista las principales problemáticas acarreadas desde la pandemia, mientras que también atienden a las comunidades históricamente olvidadas. Un estudio realizado por el Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY) destaca que entre 2016 y 2024 se redujo de un 72 a un 67 % la proporción de jóvenes de 18 a 24 años que superaron la escolaridad de sus padres, lo que evidencia la disminución de la movilidad social educativa.
La pandemia vino a cambiar el mundo y, con ello, también la visión del estudiante tradicional, el cual sólo dedicaba su tiempo a las tareas escolares. De acuerdo con la Secretaría de la UNAM, en el reporte La educación en la UNAM en la postpandemia, es necesario reconocerlo en sus condiciones de vida, ya sean trabajadores, que funjan con responsabilidades de cuidado o que pertenezcan a minorías etnoraciales, culturales o de diversidad sexogénerica. Reconocer a estos estudiantes podría ser un gran paso (de muchos que todavía faltan por hacerse) para garantizar una educación de calidad para todos y todas.
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